© Gabriela Bettini | Encina Villanueva Lorenzana | Mujeres Mirando Mujeres | MmiraM19

Gabriela Bettini. Cuando lo pictórico es político.

ENCINA VILLANUEVA LORENZANA
mirando a
GABRIELA BETTINI

En la obra de Gabriela Bettini las cosas son lo que parecen solo en parte. Siempre hay algo, mucho, que está detrás. Y descubrirlo amplía y multiplica el sentido y el goce que sus cuadros producen ya por sí mismos. El contenido, la idea, es tan importante en sus creaciones que ella misma se define como “artista conceptual que trabaja a través de la pintura”. Una pintura tan minuciosa y nítida, como clara es conceptualmente. Así, pese a que lo figurativo facilita su descodificación, la diferencia entre lo que es y lo que aparece representado exige la complicidad en quién observa su obra, que también, y ella así lo espera, tiene que hacer su trabajo.

Que su lenguaje sea fundamentalmente pictórico, aunque también trabaja con video, dibujo, fotografía o instalación, ha provocado alguna suspicacia al hilo de los debates sobre la pertenencia o no de esta expresión artística a lo contemporáneo. Sin embargo, es una elección consciente: la pintura le permite cuestionar la pintura misma, su hegemonía en el mundo del arte y su histórica utilización por parte del poder para perpetuarse.

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Gabriela Bettini. Fotografía: Javier Carrascosa

Si bien su pintura es figurativa y con anclajes en la realidad, la utiliza con mucha libertad. Su obra es un juego permanente de tiempos y espacios. La desaparición de cinco miembros de su familia y el posterior exilio de sus padres durante la dictadura argentina la ubica, permanentemente, en dos lugares y dos temporalidades. Sus creaciones son, por tanto, una invitación a un viaje temporal y geográfico, un viaje que no emprende sola. Como feminista ancla sus reflexiones en el saber y la obra de otras mujeres. Pensadoras, escritoras y artistas le acompañan e inspiran.

En su empeño por recuperar la memoria, hila su historia y la de otras personas con la de todo un país. “Pintar a los demás es pintarse a sí mismo” nos dice Estrella de Diego. Para ello, acude a los lugares donde sucedieron las cosas, lugares testigo de acontecimientos históricos que ella recorre, interviene y reinterpreta, muchos años después, a través de sus creaciones. Así lo hace en La casa despojada (2011). La artista hispano-argentina se desplaza a una vivienda cerca de la ciudad de La Plata donde fueron asesinadas cuatro personas en tiempos de Videla, interviene cubriendo las paredes con dibujos para contribuir a generar una sensación de hogar y graba la acción en un video que completa la pieza.

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La casa despojada, HD Vídeo color Pal stereo monocanal / 12 min – 2011 / Ed. 5

La idea de lugar-memoria se reinventa en La casa roja (2013). En esta ocasión, Gabriela sigue los pasos de Hannah Arendt para conocer el lugar donde en 1933 la filósofa judía, junto a su madre, escapó de Alemania a la antigua Checoslovaquia. Una casa atravesada por la frontera entre ambos países y donde se refugiaban personas prófugas que la artista se lanza a buscar, junto a una amiga, rodando un documental de su experiencia y representando, además, diferentes ángulos de la (posible) vivienda a través del dibujo.

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La casa roja. HD Vídeo color Pal stereo monocanal / 26 min – 2013 / Ed. 5

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Interior con planta (La casa roja). Ceras sobre papel, 146 x 95 cm, 2013

Larga distancia (2015) es una conversación entre abuela y nieta recorriendo su historia personal en el marco de la historia del siglo XX. Huída, exilio, migraciones y desapariciones, pero también vínculos amorosos, esperanzas y dignidad, enlazan tres generaciones y tres escenarios: Kessab (Siria), Buenos Aires y Madrid. Este diálogo a “larga distancia” se convierte en una pieza audiovisual que se acompaña de enormes lienzos que representan los espacios del antiguo hotel de inmigrantes del puerto de Buenos Aires.

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Larga distancia. HD Vídeo color Pal stereo monocanal / 17 min – 2015 / Ed. 5

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Larga distancia. Vista de la exposición. Óleo sobre lino, varios tamaños, 2015

El asesinato de la activista medioambiental hondureña Berta Cáceres en marzo de 2016 y, cuatro meses después, el de Lesbia Janeth, una de sus compañeras de luchas, produce un fuerte impacto en la artista que, ante estos feminicidios políticos, comienza a investigar la relación entre colonialismo, extractivismo y violencia contra las mujeres. Inaugura entonces, coincidiendo con su estancia en la Academia de España en Roma, un periodo marcado por la necesidad de explicitar su compromiso feminista y ecologista en su obra, estableciendo un vínculo entre dos nuevas temporalidades “como son el colonialismo en América Latina y el neocolonialismo y la situación de crisis ambiental que se vive en el presente», en sus palabras.

Partiendo del ecofeminismo de Alicia Puleo, la denuncia de la complicidad entre patriarcado, capitalismo y colonialismo de Silvia Federici y las reflexiones de Rita Segato sobre las nuevas guerras contra las mujeres, comenzará a cuestionar, a través de su arte, cómo la naturaleza y las mujeres son territorio de conquista.

Con el proyecto La memoria de los intentos (2017), que había empezado ya un año antes en Paisajes de excepción, Gabriela pone su técnica pictórica al servicio de este potente mensaje de denuncia. Así, junto a paisajes que recrean la obra del pintor barroco holandés Frans Post (uno de los primeros artistas que trasladaron a Europa imágenes del “Nuevo Mundo”), pinta los lugares donde ha sido asesinada una activista ambiental y recrea las webs donde las empresas presumen de compromiso con el medioambiente. Establece así una relación entre los artistas del pasado, cuya obra probablemente fortaleció una mirada hegemónica de una cultura sobre otra, y la situación del presente, vinculada al extractivismo en América Latina y a la criminalización de quienes denuncian sus abusos.

Esta propuesta se condensa en Repoussoir, obra con la que ganó el Premio Internacional de Artes plásticas Obra Abierta en 2017.

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Repoussoir (La memoria de los intentos). Tríptico. Óleo sobre lino, 95 x 60 cm cada uno, 2017

Su mirada curiosa y comprometida no descansa y en 2018 presenta el proyecto Primavera silenciosa. En él encontramos a Maria Sbylla Merian, naturalista, entomóloga, exploradora y artista de finales del siglo XVII. Una pintora científica que ilustraba, de manera conjunta, animales y plantas, mostrando así la relación de dependencia entre las especies y los ecosistemas que las acogen. En la base de la propuesta están también Rachel Carson, autora de “Primavera Silenciosa” (1962), libro pionero en plantear la urgencia de la protección del medio natural y la filósofa ecofeminista Vandana Shiva y sus advertencias sobre las consecuencias nefastas de los monocultivos. Son precisamente estos monocultivos (de caña de azúcar, plátano, palma aceitera y maíz) los que aparecen representados en los cuadros de Gabriela. Y lo hacen junto a otras obras donde, las hermosas ilustraciones de Maria Sbylla Merian, son cubiertas parcialmente por las ‘sombras’ que éstos generan, por la amenaza a la biodiversidad que suponen. El resultado impacta y sobrecoge.

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Zea Mays (Primavera silenciosa). Óleo sobre lino. 195 x 100 cm y 146 x 89 cm, 2018

Recorrer la obra de Gabriela Bettini es un ejercicio de placer, reconocimiento y toma de conciencia. Lo político no quita espacio a lo poético. Y lo pictórico es aquí, sin duda, político.

Encina Villanueva Lorenzana. Web. Bio en MMM
© Gabriela Bettini. Web. Bio en MMM

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