© Lucila Bodelón | Rocío Abellán | Presentaciones | Mujeres Mirando Mujeres | MmiraM19

Un viaje de ida y vuelta. Aproximaciones a la obra de Lucila Bodelón

ROCIO ABELLÁN mirando a LUCILA BODELÓN

Adentrarse en el corpus artístico de Lucila Bodelón implica, en todos los casos, estar dispuestos a explorar los abismos de su propia existencia. Natural de Buenos Aires, la obra de esta artista se inscribe en una de las vertientes más enigmáticas y abrumadoras del arte último: la autobiográfica.

Su formación en las disciplinas de cine y fotografía le han proporcionado las herramientas necesarias para poner en imágenes su experiencia vital. A través de ellas, Bodelón experimenta con el espacio y el tiempo, y se abre en canal a la mirada del espectador.

En paralelo, la artista compagina y nutre su trabajo con las residencias artísticas que coordina en su refugio de Luyaba, Córdoba.

La totalidad de las obras de esta argentina son un intento de comprender lo incomprensible, de ordenar el caos, de materializar, en definitiva, la propia experiencia. Así, sus proyectos juegan con la cronología de lo vivido y lo imaginado, situando su obra en un espacio-tiempo en suspensión donde todo es posible o, donde quizá, nada lo es.

Sus obras adolecen de la retórica de la pérdida, y se pueden comprender como auténticos diarios visuales, como archivos de vida en los que, de forma incesante, Bodelón pone en juego aquello que Eva Illouz denominó narrativa del reconocimiento.

Precisamente, es este continuo ejercicio de re-conocimiento el que activa el componente traumático que subyace, de forma inequívoca, en toda su obra. Así, piezas como Proyecto LOMO -2004-, Rollei Landscapes -2006/08- o El olvido el deseo el amor. Construcción unívoca -2011- no son más que re-elaboraciones postraumáticas que, paradójicamente, se abren como las únicas vías de superación. Bajo la superficie de todos estos proyectos podemos advertir la obstinada relación entre un instinto de conservación y un instinto de destrucción que sitúan la obra de Lucila Bodelón en un espacio intermedio entre lo consciente y lo inconsciente, el pasado y el presente, lo vivo y lo muerto.

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Fotogramas extraídos de la vídeo instalación Paseo, perteneciente a Proyecto Lomo. Técnica: vídeo (fotografía y filmaciones caseras en Super 8). Medidas: variables. Año: 2006.

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Díptico Morir de amor, perteneciente al Proyecto El olvido El deseo El amor. Técnica: fotografía. Soporte: Fine Print sobre papel fotográfico. Medidas: 20×40 cm. Año: 2014.

En 2014 la artista se traslada a Luyaba, una pequeña localidad situada en el Departamento de San Javier, Córdoba. Allí, en plena naturaleza, siente que vuelve a conectar con su historia, no en vano, Bodelón entiende la naturaleza como el espacio que nos devuelve los ecos de nuestra más profunda intimidad.

Al llegar a Luyaba emprende el proyecto 21 días: “21 días son los que necesita nuestro cerebro para procesar e integrar nueva información, cambiando así el circuito de pensamiento. Por eso, al mudarme aquí, por 21 días resolví ir a algún lugar y quedarme sentada viendo y sintiendo qué me pasaba. Escuchándome. Escuchando a mi mente, mi cuerpo y mi espíritu”. Tras el impass que supuso 21 días, Lucila emprende el que será uno de los principales proyectos de su carrera: Gualok.

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Fotografías pertenecientes a la serie 21 Días. Técnica: fotografía. Registro de acción. Soporte: Fine Print sobre papel fotográfico. Medidas: 40×60 cm. Año: 2014.

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Fotografías pertenecientes a la serie 21 Días. Técnica: fotografía. Registro de acción. Soporte: Fine Print sobre papel fotográfico. Medidas: 40×60 cm. Año: 2014.

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Fotografías pertenecientes a la serie 21 Días. Técnica: fotografía. Registro de acción. Soporte: Fine Print sobre papel fotográfico. Medidas: 40×60 cm. Año: 2014.

Gualok* se articula en torno a un momento concreto de su existencia: “mi madre muere mientras duermo y nadie se atreve a decírmelo, pasan dos días y medio hasta que me cuentan la verdad”. Tras la muerte de su padre, la artista pasa una temporada con su madre en la Provincia del Chaco visitando a unos familiares. Es allí donde ésta fallece, en el mismo lugar en el que había nacido y vivido su juventud, como si el cuerpo necesitase volver a su propio origen.

Treinta años después de este desgarrador acontecimiento, Bodelón, a modo de una Ulises postmoderna, emprende un viaje que la llevará a explorar los intersicios de su propia historia, de las relaciones materno-filiales, llegando incluso a poner en cuestión su propia identidad.

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Texto extraído del proyecto Gualok. Técnica: Texto sobre papel Soporte: papel de bambú. Medidas: 10×15 cm. Año: 2018.

Así, partiendo de unas viejas fotografías y de algunos nombres como únicas pistas, Lucila logrará hilvanar una narrativa que hará tambalear lo que, hasta entonces, creía inmutable: sus propios recuerdos.

La artista logra componer un diario de viaje en el que se entremezclan una serie de cartografías visuales y enigmáticas reflexiones que hablan de la búsqueda, y que pretenden recomponer la memoria de un tiempo que, quizá, nunca fue. Y es que el tiempo nunca es lineal en Gualok, los fantasmas aparecen en los recovecos más inesperados y los espacios se caracterizan por un lirismo desgarrador.

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Fotografía extraída del proyecto Gualok. Técnica: fotografía. Registro de acción. Soporte: Glicée Print sobre papel de bambú. Medidas: 40×40 cm. Año: 2018.

Gualok abre una dimensión paralela en la que Bodelón activa, de forma indiscriminada, aquello tan terrible que Roland Barthes consideraba que subyacía en toda fotografía: el retorno de lo muerto.

Así, sus imágenes y sus textos se tiñen de un tono siniestro en el que lo familiar se torna inquietante y amenazador. Este componente ominoso que sobrevuela Gualok alcanza su momento culmen cuando la artista performa, de modo absolutamente obsceno, el ritual de resurrección de la madre muerta, a quien podemos ver encarnada en la piel de la propia Bodelón.

El viaje que la artista emprende en este proyecto no es sólo un viaje al pasado, sino que también es un viaje hacia su más profunda interioridad. En este trayecto, Bodelón es capaz de eliminar de un plumazo las líneas divisorias que delimitan su propia identidad de la de su madre ausente. Así, en Lucila se encarnan el Eros y el Thanatos de una vida, la suya, la de ellas, siempre al borde del abismo.

En definitiva, la obra de Lucila Bodelón debe entenderse como una exploración de los límites de su propia existencia. Para ella, el tiempo es pura heterocronía y el pasado jamás está cerrado, sino que se ofrece como un escenario que volver a habitar.

La relevancia de proyectos como los emprendidos por Bodelón radican en su capacidad para abrir el discurso autobiográfico a nuevas vías de figuración que dinamitan la, hasta ahora, hegemonía del discurso occidental. En sus obras, la artista pone en juego otro modo de experimentar el tiempo y la memoria, otros escenarios, otra historia, otras tradiciones, otras vidas.

© Lucila Bodelón. Web. Bio en MMM
Rocío Abellán. WebBio en MMM

Imagen destacada: Fotografía extraída del proyecto Gualok. Técnica: fotografía. Registro de acción. Soporte: Glicée Print sobre papel de bambú. Medidas: 50×70 cm. Año: 2018.

*Gualok significa algodón en lengua toba. Los Tobas son los pueblos originarios de la Provincia del Chaco, donde vivió y murió la madre de la artista. El algodón posee, además, una conexión especial en la vida familiar de Bodelón, ya que sus parientes de la rama materna se dedicaban a su recogida.

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