CARMEN DALMAU mirando a LAURA ALANDES

 

Vivimos momentos de aceleración del tiempo histórico que afectan al transcurrir sincopado en el que discurre el tiempo individual, en el que las imágenes se multiplican hasta límites que nos agotan porque no percibimos su finitud ni vemos un horizonte que las limite. Estamos rodeados de imágenes cargadas de ruido, y en el mecanismo del mirar se ha producido una tormenta perfecta que está contribuyendo a impedirnos ver con claridad el mundo codificado a través de su representación.

En medio de esta agitación, las imágenes de Laura Alandes son un remanso de sosiego que nos aleja del vórtice del huracán. Son como nadar en las lagunas de Patinir, de aguas azules intensas y quietas.

La delicada elegancia, la sencillez de sus formas y sus fondos neutros nos evocan el Bodegón con cacharros de Zurbarán o el Bodegón del cardo de Sánchez Cotán, obras en las que el efecto de silencio que provocan nos incita a detenernos, a reposar el pensamiento, en una suerte de mística ingenuidad, de dulce bálsamo, de ausencia de referencias temporales o espaciales.

Cuando vemos las imágenes de Laura Alandes podemos pensar, como a veces se catalogaba a las naturalezas muertas en el siglo XVII, que son virtuosos ejercicios académicos de composición, diestros manejos de las texturas, estudios de las cualidades de la luz.

Mas sus cítricos, que parecen montañas o pechos femeninos, senos refugio como los de antiguas diosas madre, contienen misterios profundos, porque no hay nada más difícil que la búsqueda de las formas esenciales que habitan en la naturaleza. Los limones o pomelos a veces se presentan rotundos, enteros; otras veces fragmentados, para evocar otros paisajes emocionales, otras relaciones simbólicas entre ellos, otras conexiones. Así, las formas que parecen insignificantes en su sencillez pueden llegar a ser infinitas.

Montaña-teta.

Alandes nos permite adivinar que el fruto dorado, el μῆλον (mêlon) del Jardín de las Hespérides, la sinaasappel, la manzana china, la naranja, que crece también en los jardines de su infancia, contiene todo un universo secreto que huele a cítricos. Es el aroma limpio de pomelos, cidras, mandarinas, porque sus imágenes parecen desprender un sutil olor a bergamota que nos envuelve.

Pomelo Chino

El reverencial tratamiento de los frutos, vida suspendida y leve, nos aproxima a nuestros místicos, al tiempo que posee algo de la sabiduría oriental, del espíritu del Zen. Las fotografías de Laura contienen la belleza de la imperfección y una búsqueda de la armonía interna.

Es extraño cómo, al contemplar despacio la obra de Laura Alandes, podemos sentir que desprende una extraordinaria ligereza, mientras que, al mismo tiempo, la densidad de la atmósfera que rodea sus formas y el vacío nos envuelven. El juego de las sombras carga de profundidad lo representado.

S/T

Cada idioma tiene palabras cuyos matices de significado solo se alcanzan cuando las pronunciamos desde dentro, como lenguas maternas. Existen palabras japonesas con significados ambiguos para nuestro mundo occidental, que huye de las sombras, busca los brillos que rebotan sobre las superficies pulidas y la precisión de los contornos. Palabras como wabi-sabi nos enseñan que las fallas, las máculas, son las que completan la belleza de las cosas más hermosas.

La cualidad táctil de la obra de Laura, incluso aunque sus soportes sean los papeles que empleamos en Occidente, nos hace recordar las palabras de Tanizaki en El elogio de las sombras: “Los rayos luminosos parecen rebotar en la superficie del papel occidental, mientras que la del hosho o del papel blanco de China, similar a la aterciopelada superficie de la primera nieve, los absorbe blandamente” [1] . La artista consigue, como si estuviera trabajando con papel hosho, esa magia delicada que emana de sus espacios indefinidos y silenciosos, como se vuelve el mundo cuando caen los primeros copos sobre el paisaje. Logra dotar a sus fotografías de una cualidad pictórica.

En todos los proyectos de Laura Alandes existe una preocupación por dotar de significado a la cantidad de los objetos que aparecen en ellos. Representan las fuerzas contrarias del azar, el destino y la rigurosa planificación. Los objetos o cítricos que aparecen solos actúan como su voz interior en diálogo consigo misma; cuando aparecen en pares —como en las fotografías Adán y Eva, Gemelas o en los boles de té— establecen una conversación con el otro.

Adán y Eva

Barrigas

Dos boles de té.

En Japón la palabra shi puede significar “cuatro” o “muerte”; por eso prefieren los números impares. Los alquimistas de la antigüedad no se definen por un solo número, sino por conjuntos coherentes, ya sean los siete planetas o los cuatro elementos que simbolizan la creación. Laura dota de un significado diferente a su relación lógica con la matemática de los cuerpos.

Porque su cuerpo está siempre presente: ya sea en la humilde forma de los boles de té; en barrigas que, al igual que en la montaña-pecho, contienen promesas de fertilidad y vida; o en Gemelas, fragmento de su cuerpo en penumbra, en el que la piel posee todos los matices de lo oscuro, y es muro, y monte, y lleno y vacío.

Gemelas

Los dedos que se tocan son la caricia de los ángeles, el gesto sobrecogedor de la creación: Laura luchando tranquila, con pasiones encontradas.

S/T

Los cubiertos recogen la luz del verano y nos recuerdan que los frutos que se nos ofrecen son comestibles y nos regalan la ambrosía de los dioses; pero comprendemos a la vez que no nos convierten en inmortales, sino que nos hacen sentir todas las imperfecciones de lo pasajero. Son las emociones encontradas que atraviesan la obra de Laura Alandes.

Tenedor y cuchillos dorados

Con este juego de tensiones sutiles que traspasa toda su obra, consigue crear un mundo propio, original, a contracorriente, que no se deja llevar por la marea embravecida del tiempo actual; un mundo que respira tranquilo a través del significado simbólico de sus bodegones y que se apropia de lenguajes de Oriente y Occidente en un sincretismo hechizante.

Sus cítricos vienen desde Asia y florecieron en todos los países soleados; los árboles de limoneros ya aparecen representados en las paredes de Pompeya. Su dulce perfume y sus pieles de colores agradables a la vista les otorgaron propiedades curativas y fueron antídoto contra los venenos. Representan el refinamiento de una cultura que abraza el Mediterráneo.

Helena Attlee, en El país donde florece el limonero, cita a Galileo en Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo, donde utiliza las naranjas como metáfora de lo absurdo de otorgar diferentes valores a los objetos:

“¿Qué mayor tontería se puede imaginar que llamar cosas preciosas a las gemas, la plata y el oro y muy viles a la tierra y al suelo? ¿Cómo no se les ocurre a los que así proceden que si hubiera tanta escasez de tierra como la hay de joyas o de los metales más preciosos, no habría ningún príncipe que de buen grado no diera una suma de diamantes y rubíes y cuatro carretadas de oro para tener solamente la tierra necesaria (…) para plantar unas semillas de naranjo y verlas crecer y producir tan bellas ramas, flores tan fragantes y tan excelentes frutos?” [2]

Still life Mandarina

Como espectadores, nos sentimos los príncipes que de buen grado cambiaríamos nuestro reino por un patio en el que crezca un limonero. Nos gusta contemplar la obra de Laura porque contiene algo que procede de tradiciones ancestrales, porque interpela a nuestro pasado visual que desde el siglo XVI nos mostró naturalezas muertas, naturalezas quietas, vidas suspendidas, still life, bodegones de objetos que aún contienen un aliento que respira. Su obra consigue traer todo ello a nuestra contemporaneidad y crear un lugar único a partir de, pongamos por ejemplo, Plato de cidras, cesto de naranjas y rosa de Zurbarán. Surge así todo un universo en el que anida la celebración de lo cotidiano y el verdadero elogio de las sombras.

 

[1] Tanizaki, Junichiro. El elogio de las sombras. (1933). Ediciones Siruela. Madrid, 2003. Pág. 27

[2] Attlee, Helena. El país donde florece el limonero. La historia de Italia y sus cítricos. Acantilado. Madrid, 2017.

 

 

Carmen Dalmau. Bio MMM.

Laura Alandes. Web. Bio MMM.