VERÓNICA GUERRERO mirando a DEBORAH CASTILLO
Deborah Castillo es una artista multidisciplinaria radicada en la Ciudad de México. De origen venezolano, su práctica artística ha estado profundamente marcada por la experiencia de la migración y el desplazamiento, elementos que atraviesan su investigación estética y conceptual. Su trabajo se centra en la exploración de las relaciones entre el poder y el cuerpo, analizando las estructuras que influyen y se inscriben en la sexualidad, las expectativas sociales, el deseo, la identidad y la construcción de mitos contemporáneos.
En su obra, el espectador ocupa un rol activo, pues es invitado a interpretar y ensamblar sus propios significados a partir de las situaciones, imágenes y acciones propuestas. De este modo, Deborah Castillo construye un campo abierto de lectura donde el arte se convierte en una herramienta para cuestionar las narrativas dominantes y repensar las formas en que el poder opera en la vida cotidiana y en el imaginario colectivo. Marcada por el exilio y la migración forzada desde Venezuela, su trabajo recurre a la ironía, al riesgo físico y a la experimentación performática como estrategias para desmitificar monumentos, gestos heroicos y relatos oficiales.
En lugar de perpetuar el mito de la nación y del héroe masculino, Castillo propone una poética de la caída: cuerpos que reclaman el espacio, monumentos resignificados y acciones que escriben nuevas memorias desde la vulnerabilidad y la resistencia. Su práctica se inscribe así en la “desmonumentalización” del poder, abriendo una nueva gramática del dolor, la crítica y la posibilidad de reescribir la historia desde los márgenes. El Estado es el gran desmonumentalizado en la práctica de Castillo; la desobediencia al poder se dirige señalando su estructura principal. En la obra de Deborah Castillo, el Estado aparece una y otra vez para revelarse como la estructura que da cuerpo, sostiene y vertebra todas las subsiguientes.
En la pieza performática Lamezuela, realizada en Caracas en 2011, la artista se arrodilla ante un soldado para lamer sus botas. Esta obra no solo le valió su primera pieza “viral” —en los términos actuales de la era de la hipercomunicación—, sino también la persecución de un Estado poco conforme con su “gesto”. Lamezuela era la demostración sadomasoquista de quien rinde pleitesía al brazo armado del Estado, en un contexto donde el nuevo orden estatal venezolano era indisoluble del poder militar.

Lamezuela. 2011. Performance. Caracas.
Si algo podemos afirmar del conjunto de su práctica es la desobediencia y sus firmes compromisos anárquicos —en el sentido más profundo de los reclamos de Virginia Bolten: “ni dios, ni patrón, ni marido”—. Compromisos que tensaron sus relaciones con el Estado bolivariano hasta volverlas irreconciliables y que finalmente la empujaron al exilio.
Las políticas de muerte del Estado son, en la obra de Deborah Castillo, explicitadas y señaladas de manera constante, especialmente aquellas vinculadas a la ordenación territorial de los cuerpos. A partir de la experiencia de la migración, su práctica se desplaza hacia otro concepto —además del Estado— igualmente abstracto y capaz de desatar las más terribles violencias: la frontera.
La violencia hacia los cuerpos feminizados que transitan la frontera sur de Estados Unidos fue fuente de denuncia en su serie de 2017 Boca Sucia, donde Castillo utiliza su propia boca para exponer, primero, y “comerse” después la serie de apelativos despectivos con los que se nombra a estos cuerpos. La boca, que en obras anteriores aparecía como espacio de sumisión frente al poder, se convierte aquí en un dispositivo de reapropiación: órgano que enuncia, devora y desactiva la violencia inscrita en el lenguaje.
En esta serie de bocas, el insulto dirigido a las latinas es señalado pero, sobre todo, resignificado. Deborah Castillo se come el insulto, lo torna sexy, lo devora. Deglutir lo incómodo es una de las herramientas más poderosas de la artista.

Boca Sucia. 2017. Video performance.
En 2023, Washington Square Park de Nueva York fue testigo de cómo Deborah Castillo servía en bandeja de plata al “patriarca” para después comérselo. El performance lleva el nombre de quien, a lo largo de la historia, ha sido arquetipo de la femme fatale: Salomé. El acto de devorar reaparece aquí como gesto político y simbólico.

Salomé. 2023. Sketch para performance Salomé en Washington Square Park. Nueva York
Deborah Castillo ha devorado, abofeteado hasta la desfiguración e incluso empalado a los grandes héroes de la Historia. La artista ha desfigurado —literalmente— la imagen de quienes han sido valedores de monumentos y ha desmitificado a aquellos que han congregado ríos de tinta para heredarnos sus relatos de grandeza.
En 2018 se presentó en el Museo de Arte Carrillo Gil de la Ciudad de México una muestra que reunía tres escenas audiovisuales: Slapping Power, Parricidio y Las Dictadoras. En cada una de estas acciones, la artista confronta “las teorías fundacionales que han cimentado las aspiraciones socialistas y los cambios geopolíticos que han sucedido, no solo en su país de origen, sino en disímiles latitudes”. Los grandes relatos de la izquierda redentora son convertidos en ruinas, caricaturizados y desenmascarados en sus contradicciones más perversas; las cabezas de héroes de la independencia latinoamericana son implosionadas y reducidas a añicos, y el “padre” es duramente abofeteado hasta volver irreconocible su rostro, disolviendo el poder significativo y encantador de los íconos.

Parricidio. 2017. Still del video Parricidio, presentado en el Museo de Arte Carrillo Gil, Ciudad de México
Desafiar al monumento desde el cuerpo es lo que hace Deborah Castillo en Desafiando al Coloso: tres actos. Una habitación cubierta de arcilla fresca sobre la que se levantan tres bustos sobre pedestal, destinados a ser demolidos por las acciones y gestos consecutivos de la artista. Las afrentas al poder recuerdan a lxs espectadores que los héroes son tiranos, el patriarca dictador, y que los gestos desobedientes de quienes cuestionan la Historia hacen caer a los ídolos.

Desafiando al coloso: Tres Actos. 2022. Performance, Museo Universitario del Chopo. Ciudad de México.
El principal medio de Deborah Castillo es el cuerpo, principalmente el suyo propio. Cuerpo como inscripción, memoria e historia; pero también como inscripción de la obra misma. Su “cuerpo de obra” es, en esta artista, mucho más que la acumulación retrospectiva de una sólida y coherente producción: es, literalmente, una obra que es cuerpo y un cuerpo que deviene obra.
Deborah Castillo deglute, pero también grita. La voz es uno de los elementos que avivan sus performances y no deja indiferente: irrumpe, sacude, incomoda. Discurso para las masas surge del trabajo junto a la compositora venezolana Lanza, quien grabó un coro con más de sesenta variaciones vocales que, sumadas a las voces en vivo de Lanza y Castillo, componen una pieza sonora que aturde y fascina al mismo tiempo. El grito, el ruido y el canto reinterpretan partituras elaboradas por la artista a partir de discursos políticos de izquierda y derecha contemporáneas. Deborah Castillo toma esos discursos, los tensiona y los deforma hasta develar su sinsentido.

Gran Basamento. 2025. Instalación y ópera performática, Museo Ex-Teresa Arte Actual. Ciudad de México
La traducción de estos discursos a un surrealismo operístico es la herramienta vocal que Castillo utiliza para evidenciar el sinsentido inicial de este tipo de recursos políticos. La voz es importante, así como la escritura, pues ambas son medios del discurso.
Algo similar, aunque utilizando únicamente la escritura, sucede en Marx Palimpsesto, donde Deborah Castillo deconstruye el Manifiesto Comunista hasta llevarlo al sinsentido. En una habitación escribe el afamado documento para después, con una goma de borrar en forma de la cabeza del propio Marx, dedicarse a borrar fragmentos del texto y poner a la vista nuevas interpretaciones, no sin la mediación de su propio esfuerzo físico.

Marx Palimpsest II. 2024. Performance, Vernacular Institute. Ciudad de México.
Las reflexiones que propone la obra de Deborah Castillo se tornan especialmente relevantes en un mundo de democracias frágiles, ya que su estudio performático de los gestos del poder se convierte en una estrategia para identificar, desmontar y reescribir las narrativas de autoridad desde el cuerpo, el humor crítico y la memoria colectiva.

TZOMPANTLI. 2024. Performance comisionado para InSURrecciones, Museo de Arte Moderno. Ciudad de México.
De esta manera, Castillo emplea una amplia variedad de medios —entre los que se incluyen la performance, el video, la fotografía, la escultura y la instalación, pero también la ópera o la escritura— para trabajar la noción de poder. A través de estos lenguajes, descompone sus mecanismos y su peso simbólico y material sobre los cuerpos. Castillo “desencarna” los tejidos del poder al poner en escena los gestos, símbolos y rituales que configuran la figura del héroe masculino, del dictador y del patriarca. Su uso de la ironía, la repetición y la burla no busca trivializar la violencia, sino exponerla, volverla legible y señalar sus engranajes.
La relevancia de la práctica de Deborah Castillo reside en su crítica constante a las relaciones entre poder y cuerpo, así como en su capacidad para desarticular las narrativas dominantes que han sostenido históricamente las estructuras de dominación patriarcal, colonial y estatal. A través de la performance y la escultura, revela la violencia inscrita en los símbolos de autoridad, mostrando cómo el poder se ejerce, se representa y se perpetúa sobre los cuerpos, particularmente aquellos marcados por el género, la sexualidad y la experiencia migrante.
La pertinencia de dedicar un texto a la artista venezolana Deborah Castillo se vuelve especialmente urgente en un contexto global marcado por el fortalecimiento de liderazgos autoritarios y patriarcales, donde el poder se concentra cada vez más en figuras masculinas erigidas como salvadores de la nación. En un momento en que se promueve el retorno a roles de género tradicionales y en el que las conquistas del feminismo son abiertamente cuestionadas y deslegitimadas, la obra de Castillo ofrece herramientas críticas para desmontar los imaginarios que sostienen estas estructuras de dominación. Porque en la obra de Deborah Castillo, el poder no se contempla: se enfrenta, se encarna y se deshace en el cuerpo.

Desafiando al coloso: Tres Actos. 2022. Performance, Museo Universitario del Chopo. Ciudad de México.
Verónica Guerrero. Bio MMM.



