BEATRIZ PEREIRA mirando a BEATRIZ CASTELA

 

mīmēsis (μίμησις, mímesis)

mīmeisthai (μιμεῖσθαι, ‘imitar’)

En la antigua Grecia, la mīmēsis era una idea que regía la creación de obras de arte, con correspondencia con el mundo físico entendido como modelo de la belleza, la verdad y el bien. Un concepto estético cuyo principio era la imitación de la naturaleza como fin esencial del arte.

En el siglo XIX, ante la aparición de la fotografía, se consideró este instrumento como el medio más satisfactorio de imitación perfecta (objetiva) de la realidad, según leyes de mecánica y óptica, sin la intervención de la mano del artista. A través de esta concepción mecánica de la realidad se inició el cuestionamiento de la pintura, dentro de la función imitativa, como también se inició el análisis de la fotografía dentro del arte, una herramienta visual –e intelectual– para el artista. 

Beatriz Castela. Emergence #3. Impresión directa en aluminio. 100 x 60 cm (2011).

Beatriz Castela (Cáceres, 1985), sitúa su práctica en un punto posterior de esta genealogía: cuando la pregunta ya no es cómo imitar la realidad, sino cómo descifrarla. Si la mímesis aspiraba a reproducir el mundo visible, su trabajo parte de la premisa de que el mundo contemporáneo está mediado por sistemas —digitales y algorítmicos— que condicionan nuestra forma de verlo. La realidad ya no se presenta como modelo estable; aparece filtrada por pantallas, comprimida en píxeles u organizada por jerarquías invisibles.

Así, Castela deconstruye la naturaleza de la imagen, representando –y analizando– las estructuras que la conforman visualmente a través de parámetros digitales. Como resultado, se genera un arte geométrico, abstracto, preciso y lineal, con trampantojos visuales y reminiscencias al efecto Moiré tan característico del Op Art, que la artista traslada a formatos como la pintura, el vídeo o las tres dimensiones. Se trabaja la imagen en sus diferentes manifestaciones, sin abandonar las prácticas más tradicionales del arte.

Beatriz Castela, RP (Relative Perception). Instalación, 3 videoproyecciones, sin sonido, reproducción en loop. Dimensiones variables (2015).

En sus primeros proyectos, como Espectroscopia e In-sight (2010-11), determinado por el juego de palabras insight (visión interna) e in sight (a la vista), la artista investiga sobre la percepción y el descubrimiento de perspectivas ocultas a primera vista, a través de instalaciones luminosas que irremediablemente nos transportan a los espacios creados –y transformados– por Dan Flavin; Castela toma como elementos cardinales la luz, el color y la materia, y tiene como constante una evolución desde la geometría hasta formas más abstractas. 

En (Des)velaciones y Ephemera (2017–2019), el píxel y el glitch dejan de ser errores técnicos para convertirse en elementos autónomos: formas geométricas, parpadeos, transiciones cromáticas y errores  funcionan como pequeñas fisuras en la superficie de lo que vemos. Lejos de ser meros efectos visuales, estos desajustes remiten a una sensación de tecno-paranoia: la inquietud que provoca vivir en un presente mediado por pantallas, en un flujo constante de imágenes y datos, nuestra percepción se fragmenta, y con ella, la noción de lo real. El lenguaje de Castela dialoga con una tradición conceptual cuyo máximo exponente en España es Elena Asins: el sistema como herramienta de pensamiento, la repetición como método. Pero mientras Asins perseguía una depuración formal cercana a la abstracción estructural, Castela introduce una variable: la densidad visual como experiencia perceptiva y parte de la premisa de que toda imagen es una versión o representación de algo y que cada acto de percepción genera nuevas interpretaciones, multiplicando realidades que conviven en paralelo.

Beatriz Castela. DISINTEGRATION, RUPTURES & CRACKS. Estampa digital, fotograbado en plancha de cobre y litografía en piedra (2016-17).

La unidad mínima de la imagen digital se materializa en madera, vidrio y metacrilato, alterando la percepción del espacio expositivo. Esta línea culmina en Interference 0 (Cáceres Abierto, 2021), una intervención en el espacio público donde dos prismas de seis metros —concebidos como píxeles sobredimensionados— reflejan y fragmentan la arquitectura histórica de la Plaza de Santa María. 

A esta capa física se suma una dimensión de realidad aumentada que introduce interferencias digitales en la experiencia del espectador. La interacción entre cuerpo, arquitectura, reflejo y pantalla configura un entorno perceptivo modificado que evidencia la superposición de dimensiones físicas y digitales y muestra cómo la percepción del espacio histórico puede reconfigurarse a través de efectos ópticos y mediaciones tecnológicas.

Beatriz Castela. Interference 0. Estructura de hierro y metacrilato espejo. 600 x 300 x 300 cm (2021).

En paralelo, el proyecto Spectrum (2019–2025) profundiza en una arqueología del código visual. Beatriz Castela toma el pixel art de los años setenta y ochenta como referencia, un primer intento rudimentario de codificar imágenes en pantalla –un “arte rupestre de la informática”– y los reproduce manualmente en acrílico sobre lienzo o tabla, donde el color se convierte en la línea estructural de la pieza, un límite cromático que, en conjunto, genera tensiones y confluencias perceptivas para el espectador.

Beatriz Castela, The veil. Vista de la exposición individual D-CODING, Sala Europa (Badajoz). Acrílico y esmalte sobre madera (2017).

La investigación de Castela toma un rumbo más actual y avanzado en la serie Automatismos (2023), donde la artista analiza la relación entre el dibujo automático, lo humano y la inteligencia artificial. La estética de los primeros dibujos a plotter de los años sesenta es una referencia clave. En aquel momento, artistas como Georg Nees, Vera Molnár o Frieder Nake exploraron las posibilidades de que la tecnología participara en el proceso creativo. Automatismos retoma ese lenguaje visual, pero lo ejecuta a mano con herramientas sencillas —escuadra, cartabón, regla, bolígrafo y rotulador—, para unir la precisión mecánica con la irregularidad del gesto humano. 

En este punto, Castela retoma debates que ya emergieron en los inicios del arte por ordenador, al poner en cuestión aquello que tradicionalmente ha otorgado valor a una obra: la autoría humana, el dominio técnico o la innovación tecnológica, analizando el lugar que cada uno de estos factores ocupa en la producción artística contemporánea.

Beatriz Castela. Serie Automatismos, Humano-Máquina I. Bolígrafo sobre papel Canson 200g, 30 x 25 cm (2023).

Por último, en Liminal (2026), su proyecto más reciente, la artista abandona los límites y jerarquías anteriormente generadas. Las obras se construyen a partir de sistemas visuales racionales, repetitivos y controlados, basados en unidades mínimas claramente definidas. Cada elemento es estable y legible de forma aislada; sin embargo, su acumulación y superposición generan saturación y dificultan la lectura del conjunto. Su vibración, producida por la proximidad y superposición de campos cromáticos, impide la fijación estable de la mirada y refuerza la imposibilidad de una percepción unitaria del conjunto. En lugar de consolidar la imagen, el color introduce una inestabilidad constante que mantiene la mirada en desplazamiento.

Tras este recorrido por la obra de Beatriz Castela, sacamos una conclusión inamovible: se trabajan una serie de conceptos que no se quedan en el espectro teórico, si no que la artista materializa. El espectador no interpreta la obra, experimenta la vibración, la interferencia, la inestabilidad.

Beatriz Castela. Buffer. Acrílico sobre tabla, 146 x 114 cm (2026).

Así, Castela no solo produce imágenes, sino que construye un lenguaje propio inscrito en la semiótica visual contemporánea. Partiendo de conceptos tomados del universo digital e informático —unidades mínimas de imagen, memoria, superposición de datos o estructuras jerárquicas—, la artista los traduce a técnicas tradicionales como la pintura, el dibujo, la escultura o el videoarte; se transforma lo digital en palpable sin perder su cualidad original. 

Tal como plantea la semiótica visual —en la línea de Roland Barthes o Gilles Deleuze—, la imagen no es un mero reflejo de la realidad, sino un sistema de signos cuya interpretación está mediada por convenciones culturales, tecnológicas y perceptivas. Castela trabaja precisamente en ese terreno: no se limita a representar objetos visuales, sino que sus unidades formales —cuadrículas, repeticiones, vibraciones ópticas, cambios de escala— han generado un lenguaje reconocible que remite simultáneamente a la tradición de la pintura y a la lógica del procesamiento digital.

Beatriz Castela. Spectrum II. Acrílico sobre lienzo, 115 x 89 cm (2019).

De este modo, su obra sintetiza lo analógico y lo digital, lo plástico y lo computacional. Esa sintaxis visual se descifra frente al espectador contemporáneo porque está codificada en los repertorios visuales que configuran nuestra experiencia cotidiana. La pintura no solo imita nuestra realidad, es la mímesis del código.

Beatriz Castela. Interference I. Madera de roble y metacrilato, 30 x 20 x 30 cm (2019).

Beatriz Castela. Interference I. Madera de roble y metacrilato, 30 x 20 x 30 cm (2019).

 

 

Beatriz Pereira. Web. Bio MMM.

Beatriz Castela. Web. Bio MMM.