lunes, julio 13, 2020
    , te quiere, mamá. 2018 - 2020 Bárbara Tráver

    «, TE QUIERE, MAMÁ». UNA ENTREVISTA A BÁRBARA TRAVER

    ESTHER GONZÁLEZ GEA
    mirando a
    BÁRBARA TRAVER

    , te quiere, mamá. 2018 - 2020 Bárbara Tráver

    Adrienne Rich alertó de que las mujeres «no somos madres o hijas», somos más bien ambas cosas. Pues, «las mujeres, madres o no, que se sienten comprometidas con otras mujeres, se brindan una atención mutua que completan los tipos difusos de identificación entre las madres verdaderas e hijas».

    Con semejante aseveración, la teórica sitúa la figura de la mujer por encima de tales consideraciones. Aunque existe una evidencia universal y es que, a pesar de todo, todas somos hijas.

    Las relaciones maternofiliales han estado sometidas tanto a reflexiones científicas como a una gran mitología. En su mayoría, a lo largo de la historia, los hombres, especialmente desde el ámbito del psicoanálisis, han perpetuado la idea de una relación compleja entre madres e hijas.

    Luego, partiendo de esta premisa, la ciencia y las artes, se han encargado de prolongar el mito. Relaciones de dependencia, de conflicto, de envidia, han poblado narraciones con más o menos tino.

    Bárbara Traver (1992), artesana de la imagen, desde lo personal –¿es posible hacerlo desde otro lugar?– expone sin pudor en este trabajo, «, te quiere, mamá» (2018-2020), la relación ambigua con la Madre.

    El proyecto busca la clave entre la dicotomía de inculcar a la hija unos valores propios y otorgar la independencia necesaria para la creación de la mujer que ha de ser. Entre el amor y el dolor por conciliar dicha relación, la artista se embarca en la factura de retratos íntimos de ambas en donde el anhelo por romper el lazo con el útero materno muestra al mismo tiempo la vinculación primigenia a la que todas estamos sometidas.

    En sus propias palabras, «con este proyecto pretendo reflejar las distintas perspectivas que desenvuelven una relación de madre e hija desde un enfoque de género partiendo de una mirada generacional».

    En primer lugar, para la persona que se aproxime a tu trabajo, esencialmente fotográfico, en este nuevo proyecto incluyes por un lado restos físicos como correspondencia privada intervenida, fotografías del álbum familiar u objetos embalsamados en clara relación con el pasado, el recuerdo; mientras por otro, añades la imagen en movimiento, el vídeo, formato con alusiones presentistas, ambos recursos siempre mediados por el concepto de la imagen. ¿Qué es lo que te mueve a incorporar dichos elementos y formatos en el proyecto?

    Cuando le comenté a mi madre la idea de realizar este trabajo juntas, me preguntó cómo quería realizarlo. «No lo sé, mamá. Aún busco las respuestas como para saber las preguntas».

    Como partíamos del vacío, al principio sólo hablábamos, ya fuese en persona o por teléfono, más tarde se fueron incorporando las fotografías que juntas analizábamos. A ambas nos sorprendió la que nos hicimos de perfil. Esa similitud hizo que me sintiera más hija que nunca. Más tarde empezó a contarme mediante cartas su sensación de madre, en cambio, no fue hasta más tarde cuando encontré una caja llena de correspondencia suya, en donde me escribe hasta la fecha de hoy. Todas esas cartas me llevarían a rescatar la memoria.

    Algo parecido sucede con el cuidado del pelo, que es algo que conservamos de generación en generación. El hecho de que mi madre me peine o seque el pelo se ha convertido en un ritual, en un lenguaje más entre nosotras, sin importar la edad que tenga –casi treinta–. Su manera de peinarme determina mucho nuestra relación, al igual que la manera en cómo me muevo yo ante su imagen. Por ello sentí que llevarlo al formato vídeo era la única manera de mostrar este tipo de comportamientos.

    Curiosamente, un año después me enseñó un vídeo casero en VHS y me emocioné con una secuencia de ella peinándome. No había cambiado nada en cuanto a su manera de acariciarme. Con las fotografías de álbum familiar pasó algo parecido, su manera de cogerme las manos tampoco había cambiado.

    Por lo tanto, es la cotidianidad y las relaciones que se crean dentro de ésta, la memoria –o el hecho de rescatarla para intervenirla en el presente– y el comportamiento humano lo que hace que escoja los formatos a la hora de crear un lenguaje visual. Pero, ante todo, y sobre todo en este proyecto, es la relación con mi madre lo que me mueve.

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    En relación a esta idea de pasado que se inserta en el presente, el tema del vínculo con la Madre seguramente jugó un papel definitivo. Siguiendo a Rich, ¿tenemos las mujeres como creadoras la obligación de preguntarnos en algún momento el papel que desempeñamos como sujeto-objeto generador de vida? Dicho de otro modo, ¿qué nexos encuentras entre creación y maternidad?

    Partiendo del origen y la idea orgánica de la capacidad de crear vida, encuentro algo mucho más importante que lo biológico, la estructura social. Dentro de dicha capacidad, el vínculo que veo es que nos van convirtiendo en mujeres. Todo ello depende de las circunstancias, como nos crían y los procesos sociales y psicológicos para tener una identidad que te imponen desde que naces.

    Como dijo Simone de Beauvoir: «No se nace mujer, se llega a serlo». Es por ello que sí que considero una obligación, o al menos, una responsabilidad consciente, preguntarnos el papel que desempañamos. Por ejemplo, mi obra está pensada, sentida y sufrida a partir de una experiencia, y por ello comunico desde mi consciencia de mujer.

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    Las relaciones entre madre e hija han estado teórica y visualmente condicionadas por diversos parámetros, pero más allá de estereotipos, lo cierto es que en ocasiones esperamos, aun sin tener claro el qué, reacciones codificadas por parte de la figura materna, entre el juicio y la culpa. ¿Crees que existe el ansiado equilibrio, o más específicamente, crees que podemos reconciliarnos con este tipo de relaciones? ¿Es tú trabajo un camino de exploración sobre las mismas?

    Sí, sí que lo es. Mi trabajo es una exploración constante de las relaciones o, como he mencionado ya, del comportamiento humano. Es por ello que siempre busco respuesta para ese ansiado anhelo de liberación, como ha sido con este último trabajo.

    Curiosamente y como he mencionado antes, encontré una caja que guardaba llena de cartas que mi madre me había escrito. Fue en una de éstas donde encontré el punctum. En dicha carta mi madre recalca que siempre estaría orgullosa de mí.

    En ese momento sólo me vino a la mente la frustración de no conseguir una aprobación por el mero hecho de no vivir la vida que una desea, sino además el temor a equivocarte, a tener que hacerlo todo bien. No importa lo que hagamos, nos van a querer ante cualquier adversidad. Entonces fue cuando me percaté de que es imposible salvarse (¿o salvarla?) de cualquier decepción.

    Esto no sé si me llevaría a un equilibrio ya que ambas seguimos igual de perdidas –aunque cada vez menos–, pero hemos establecido nuestro propio diálogo, así como he aprendido que nuestra relación es incomprensible, también está lleno de amor y complicidad.

    Para ello hay que ser honestas, escupirlo, enseñarlo, corregirlo, compartirlo, comprender el punto de vista de ambas y asumir que aprendemos la una de la otra, porque no soy mejor que ella. Y quién sabe si un día, sea mi hija quien me lo enseñe a mí.

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    Es interesante que nombres la similitud en el retrato de perfil, pues sin duda, si algo aporta la experiencia de hijas es la proximidad que se gana con el tiempo a las madres. Vamos pasando por diferentes fases en la relación hasta que un día descubrimos, en algunos casos para nuestro asombro, rasgos de ellas en nosotras. Siguiendo la biología es evidente la fisonomía heredada, pero también adquirimos gestos, frases, formas de comportamiento que recuerdan el vínculo. ¿De algún modo en esta serie también podemos encontrar el peso de una tradición artística heredada? Y en este sentido, ¿cuáles son tus referentes artísticos o personales?

    Entre mis influencias artísticas, tanto fotográficas como literarias, mencionaría a Rinko Kawauchi, Sophie Calle, Nan Goldin, Vivian Gornick, Susan Sontag… En lo personal, no existe otra persona más allá de mi madre. Desde mi primer trabajo hasta el día de hoy, de alguna manera, ha estado presente. Me muevo por como se mueve ella.

    Como has mencionado, existen unos rasgos evidentes en la fisonomía, pero también en la herencia artística, sólo que no tan perceptible. Mi madre pasó parte de su infancia hasta la adolescencia en Inglaterra, y allí existe una fuerte influencia en la escritura y la manera en cómo se escribe, el tacto del papel, la presentación, etc.

    Esa tradición que adquirió me la transmitió. Diría que es una herencia delicada, casi imperceptible, como un poema invisible a través de las cartas y flores que muestro y recojo en mi trabajo.

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    Hablando de Sophie Calle, ella lleva hasta el extremo su vida privada al ámbito público, sin fisuras, sin pliegues, en algunos casos a bocajarro. En el caso de Susan Sontag sucede un poco lo mismo. Si seguimos la premisa de que «lo personal es político» ¿Es lo artístico político también?

    Sí, porque el arte busca interrogar la manera en que vemos y poner de relieve las convenciones que determinan nuestras formas de adquirir, acumular y transmitir la experiencia. Son estas formas las que nos acercan a la cotidiana y convencional realidad circundante.

    La política, en este caso, estaría no en el activismo que requiere la protesta, sino en el plano más complejo: en la transformación de nuestras formas de percibir, de decir, de ver, de entender, de pensar. Es lo que transciende y entra en la esfera diaria de las personas: un arte que les remueve por dentro. Ya que el arte plantea dudas, no certezas; tiene intenciones, no programas; comparte con aquellos que lo encuentran, no se les impone; se define mientras se hace, es una experiencia, no una imagen, es algo que entra en la esfera de las emociones y que es más complejo que una unidad de pensamiento.

    El arte es cuando está pasado de moda y es incómodo. Jurídicamente incómodo, cívicamente incómodo, humanamente incómodo. Nos afecta. El arte político es conocimiento incómodo.
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    En general, y aprovechando el aspecto háptico que has nombrado, este trabajo tiene un espectro muy táctil, tú misma aludías al gesto de la caricia, que pasados los años sigue intacto. ¿Fue una cuestión consciente o dejaste obrar al azar?

    En este trabajo en concreto he dejado que fuese la obra quien me hablase, ya que creo que sólo de esta manera podría encontrar respuestas y ponerles nombre o, al menos, aceptar la relación con mi madre. También la relación que tenemos hace que la forma de obrar sea al azar, ya que es una relación impulsiva y al juntarnos somos como dos huracanes, por lo que no podía ser de otra manera.

    A medida que vas creando, observando y juntando referencias, como han sido en las fotografías de álbum, te percatas de que existe el factor común del gesto o de lo doméstico, ya que el álbum es algo que siempre se conserva dentro del hogar. Incluso la memoria, que por el auge tecnológico actual en el que vivimos, todas esas caricias se pierden.

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    Existe una imagen en el trabajo que personalmente encuentro tan fascinante como inquietante. En un plano vertical, sin apenas aire en los laterales, conviven dos sillas casi idénticas, sin embargo, una contiene reposabrazos mientras la otra carece de ellos, es más, a falta de una de las patas se sostiene en la pared. Es una metáfora preciosa que creo fácil de identificar, pero me gustaría que fueras tú quien lo hiciese.

    ¿Sabes que esas sillas estaban a punto de tirarse a la basura? Llevaban meses en una casa que mi padre estaba reformando y donde actualmente viven. Cuando fui con mi madre para ver cómo estaba quedando, al verlas supe que estaban hechas para nosotras.

    Fue la primera fotografía que realicé para el proyecto –sin saber que iba a ser la primera–, y mientras, mi madre detrás preguntándome que qué hacía fotografiando esas sillas viejas. A mí me entró la risa porque me imaginaba su cara de incertidumbre y preguntándose qué narices estaría viendo yo. Solté coraje y le dije que éramos ella y yo. Su respuesta fue un «¡Venga ya!», mientras se reía. Pero entonces se creó un silencio que se rompió con un «¿y tú quién eres?» por su parte. De nuevo el coraje: «La que le falta la pata». Me preguntó si es así como me sentía con ella y, con todo el valor que me quedaba, le expliqué lo diminuta y frágil que se siente la silla sin reposabrazos (yo) ante la figura majestuosa (ella) y cómo necesita un apoyo ante las roturas porque por sí misma no puede sostenerse. ¿Sabes qué me contestó? «Curiosamente, hija, me ocurre al revés. Cada vez que te marchas es a mí quién le falta la pata». Ahí empezó todo.

    Para finalizar, intuyo por tus palabras que sientes este trabajo conjunto y en construcción. En el que además la memoria, el paso del tiempo, las relaciones afectivas y la experiencia catártica ocupan la primera línea. ¿Te has imaginado alguna vez el punto final de la pieza?

    Espero no verme nunca ahí, porque implicaría dejar de analizarme. Aunque es cierto que me he preguntado muchas veces que, llegado al punto culmen de lo catártico, qué vendrá después. Supongo que un descanso definitivo.
    Mientras tanto, gocemos de lo que la vida nos presenta.

    © Bárbara Tráver. Web
    Esther González Gea. Bio

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