YARÉ COLAN presenta 178 AÑOS Y 23 MINUTOS: RACISMO Y VIOLENCIA GINECO-OBSTÉTRICA EN AMÉRICA LATINA

Durante la primera mitad del siglo XIX, en el contexto del sistema esclavista del sur de los Estados Unidos, se desarrollaron una serie de prácticas médicas que sentaron las bases de lo que hoy se conoce como ginecología moderna. Entre las décadas de 1840 y 1850, el médico estadounidense James Marion Sims fue reconocido por la historia oficial de la medicina como un pionero por el desarrollo y perfeccionamiento de técnicas quirúrgicas para tratar la fístula besico-vaginal, así como por la sistematización del uso del espéculo vaginal. Estos avances fueron durante décadas presentados como hitos del progreso científico y del mejoramiento de la salud reproductiva femenina, una narrativa eurocéntrica que omitió sistemáticamente que este saber fue extraído de la tortura y el despojo de cuerpos negros.

Ilustración de instrumentos utilizados en el área médica de ginecología y obstetricia basado en ilustraciones antiguas, 2023, Yaré Colán.

Sin embargo, estos llamados avances científicos se construyeron sobre la explotación extrema de mujeres negras esclavizadas, cuyos cuerpos fueron utilizados como material experimental sin consentimiento, sin información y, en la mayoría de los casos, sin anestesia, a pesar de que esta ya existía y era utilizada en pacientes blancas. Entre 1845 y 1849, Sims realizó múltiples cirugías experimentales en mujeres esclavizadas como Anarcha Westcott, Lucy y Betsey, muchas veces en espacios improvisados como patios, habitaciones o campos cercanos a sus lugares de reclusión. Anarcha fue sometida a aproximadamente treinta intervenciones quirúrgicas, mientras que Lucy soportó procedimientos prolongados que derivaron en infecciones severas y sufrimiento continuo. Estas prácticas se sostuvieron sobre supuestos racistas que afirmaban que las mujeres negras podían tolerar más dolor, reforzando una lógica colonial que deshumanizaba sus cuerpos y negaba su condición de sujetas de derechos. Desde una genealogía negra, reconocemos que estas mujeres no fueron solo víctimas, sino las madres forzadas de la ginecología, cuya resistencia física permitió un conocimiento que luego les fue expropiado. Aquello que durante décadas fue narrado como progreso médico hoy se reconoce como un episodio fundacional de violencia racial, misoginia y colonialidad del saber.

Detalle de textil, 2023, Yaré Colán.

Más de 178 años después, aunque el contexto histórico ha cambiado, las estructuras que permitirían estas violencias no han sido completamente desmanteladas. La medicina gineco-obstétrica contemporánea continúa atravesada por jerarquías de raza, clase y género que impactan de manera desproporcionada en mujeres negras, indígenas, pobres y, en general, en situaciones de vulnerabilidad, tanto en América Latina como en otras regiones del mundo. Procedimientos realizados sin consentimiento informado, la minimización del dolor, el trato humillante y la desposesión de la autonomía corporal siguen siendo prácticas frecuentes, hoy institucionalizadas y normalizadas dentro de los sistemas de salud. Esta violencia no es una falla del sistema, sino un legado directo de la «plantación» que sobrevive en la clínica, donde el cuerpo racializado sigue siendo visto como un objeto de intervención y no como un territorio soberano.

Es en este marco que surge 178 años y 23 minutos, un proyecto artístico investigativo que parte de una experiencia personal de violencia gineco-obstétrica vivida en el siglo XXI. A pesar de contar con información y conciencia sobre mis derechos, fui igualmente atravesada por prácticas médicas violentas. Esta experiencia dio lugar a una pregunta central que atraviesa todo el proyecto: qué ocurre con las mujeres y personas con capacidad de gestar cuyos márgenes de acceso a información, recursos legales o acompañamiento son aún más limitados. Mi pregunta no nace del vacío, sino de un cuerpo-territorio afrodescendiente que reconoce en su propia herida una memoria transgeneracional de despojo médico.

Desde esta pregunta, en el año 2022 se inició un proceso de recolección de testimonios de mujeres y personas gestantes de distintos territorios de América Latina y el Caribe que habían sido víctimas de violencia gineco-obstétrica en espacios médicos públicos y privados. El proceso implicó un desafío ético fundamental: evitar la revictimización y construir un espacio de escucha libre de juicios, estigmas y violencias simbólicas. Para ello, el proyecto se desarrolló bajo una metodología rigurosa, con acompañamiento de profesionales de la salud mental y asesoría legal, de modo que las participantes pudieran, si así lo deseaban, acceder a apoyo psicológico o iniciar procesos de denuncia de manera informada. El consentimiento explícito, la confidencialidad y el respeto por los tiempos de cada persona fueron pilares centrales. Esta metodología se distancia de la extracción de datos académica para posicionarse en una política de la escucha radical, propia de los feminismos negros, donde el testimonio es medicina colectiva.

Hasta la fecha, el proyecto ha reunido más de 106 testimonios recogidos en hospitales, clínicas, postas médicas, entrevistas presenciales, encuentros abiertos y plataformas digitales. Estos relatos evidencian la recurrencia de prácticas violentas y permiten identificar patrones estructurales de abuso, así como continuidades históricas entre la medicina colonial del siglo XIX y la ginecología contemporánea. La violencia gineco-obstétrica emerge así no como una excepción, sino como un fenómeno histórico, sistemático y racializado; es la actualización constante de la deshumanización que comenzó en los patios de Alabama y hoy se perpetúa en los consultorios.

Fotografía de portada de publicación compilatoria, 2023, Yaré Colán.

El núcleo del proyecto se materializa en una publicación testimonial concebida como un archivo vivo. Los testimonios se presentan de manera anónima o bajo seudónimos, acompañados por edad y país reales. La publicación adopta una estética sobria, en blanco y negro, sin ornamentos ni imágenes que ilustren el dolor, teniendo como referencias visuales únicamente la portada, contraportada y, en el centro, un dibujo de la misma imagen del textil. Esta parte fue clave pues, como mujer racializada, y específicamente como mujer afrodescendiente, considero que puede llegar a ser revictimizante ser constantemente retratadas de manera innecesaria y excesivamente gráfica; sangre, dolor, mujer capturada visualmente en momentos de vulnerabilidad que, más allá de contar con permisos o no, considero recursos poco éticos y que incluso pueden caer en la pornomiseria. Decidir mostrarnos desde la unión transgeneracional, ilustrar los inventos de un médico blanco apuntando el dolor hacía quien lo reproduce y no hacía quien lo recibe es un acto de cimarronaje estético mediante el cual negamos a la mirada blanca el consumo de nuestra tragedia para preservar nuestra dignidad.

Así, el diseño prioriza el testimonio como una poderosa herramienta que históricamente, para las personas negras, racializadas y pobres, ha sido indispensable para la transmisión de saberes y/o para narrar historias. El testimonio funciona aquí como una tecnología de libertad que rompe el aislamiento impuesto por el trauma colonial. A los relatos se suman análisis cualitativos y lecturas de datos que evidencian que estas experiencias no son hechos aislados, sino parte de una estructura médica violenta y racista.

Fotografía de imagen central de publicación compilatoria, 2023, Yaré Colán.

Ilustración de instrumentos utilizados en el área médica de ginecología y obstetricia basado en ilustraciones antiguas, 2023, Yaré Colán.

La edición de los textos responde a una decisión ética clara: no estetizar el dolor ni corregir el tono emocional de las voces. Entre los testimonios recopilados se encuentran relatos como el siguiente: «Tengo dos experiencias que me marcaron profundamente. La primera fue cuando fui violada y tuve que someterme a un examen en este centro de salud para verificar los hechos y continuar con la denuncia… Me abrieron con fórceps para revisar el cuello uterino y yo me quedé en silencio por los nervios». Este silencio, a menudo malinterpretado por la medicina como «tolerancia al dolor», es en realidad una respuesta al trauma estructural y una forma de preservación ante la hostilidad del entorno.

El análisis del conjunto de testimonios muestra que estas violencias no solo generan secuelas físicas y emocionales, sino que también obstruyen el acceso a la justicia. Muchas participantes señalaron que el miedo a volver a ser maltratadas las condujo al silencio y a la evitación de controles médicos. Menos del cinco por ciento aceptó apoyo psicológico y ninguna solicitó asistencia legal. La mayoría expresó que haber podido nombrar la experiencia por primera vez sin ser juzgadas fue un acto de validación suficiente, demostrando que el derecho legal, al igual que la medicina, mantiene a menudo su sesgo colonial y excluyente.

La dimensión visual del proyecto se despliega a través del textil y la instalación. El uso de sábanas blancas de algodón remite tanto al espacio hospitalario como a la historia colonial de los campos de algodón donde nuestros ancestros y ancestras de África eran esclavizados. Al usar el algodón, no solo vestimos la herida, sino que reclamamos la fibra que esclavizó a nuestras ancestras para convertirla en un lienzo de sanación. La instalación adopta la forma de un altar como espacio de memoria, reparación simbólica y de conexión con nuestras muertas y los espíritus de protección.

En el textil central se representan dos mujeres vestidas de blanco, sentadas en una banca hospitalaria, en una escena que dialoga con Las dos Fridas de Frida Kahlo desde una genealogía afro-diaspórica y antirracista. Una figura está conectada a un sedante intravenoso, esta funciona como un autorretrato que a su vez representa a todas las mujeres y personas con capacidad de gestar, víctimas y sobrevivientes de la violencia gineco-obstétrica contemporánea, mientras la otra no recibe anestesia; aludiendo a Anarcha, Lucy y Betsey, así como a todas las mujeres esclavizadas y sometidas a prácticas violentas y racistas durante el siglo XIX. Este vínculo uterino representa una «fuga» del tiempo lineal: Anarcha y la mujer contemporánea se encuentran en un presente eterno de resistencia. Ambas están unidas desde el útero y sostienen una llama como símbolo de resistencia y continuidad histórica, ilustrándonos así, no únicamente desde el dolor que nos ataca, sino desde el dolor y la historia que nos une, que nos marca pero que también nos sostiene.

Para elaborar este textil utilicé distintas técnicas textiles y de teñido artesanal, remitiendo así a prácticas como la arpillería, una técnica nacida en Chile y expandida en Perú y Latinoamérica durante la migración del pueblo chileno debido a la dictadura pinochetista. Muchas de las mujeres que elaboraban arpilleras no solo narraban escenas de la violencia política, sino también de violencia muy específica que vivieron respecto a abusos contra su cuerpo, sexualidad y autonomía reproductiva. Rescatar esta técnica para este proyecto era un gesto poderoso para mí, que honraba así al legado de América del Sur en las expresiones plásticas y textiles que narran historias. Coser es, en esta genealogía, remendar el tejido social roto por la colonialidad.

Imagen central de textil, 2023, Yaré Colán.

Detalle de textil, 2023, Yaré Colán.

El proyecto fue presentado en noviembre de 2024 en el encuentro (In)justice reproductive, en la Maison des Sciences de l’Homme Paris Nord, en Francia. Acompañando este proyecto, es preciso mencionar que también se presentó “La herida In-Visible”, una exposición colectiva, cuya curaduría asumí, sobre las esterilizaciones forzadas en Perú, así como una exhibición de libros textiles de la artista peruana Luciana Aguilar (Hija de la coca). Estos tres proyectos se acompañaron y complementaron para poner sobre la mesa, de manera transnacional, cómo la violencia gineco-obstétrica y el racismo son un tema transversal entre el pasado, la historia reciente y el ahora. Esta conexión evidencia que la matriz de dominación es global y requiere una respuesta de solidaridad entre nodos de la diáspora.

Instalación en el MHS, Paris, Francia, 2024, Rosa Mjejé.

La instalación funcionó como un espacio de contemplación, lectura y archivo abierto, activado mediante recorridos, lecturas y la circulación de la publicación junto con impresiones de la obra y de ilustraciones de instrumentos ginecológicos históricos. La activación transformó el espacio académico en un espacio de ritualidad y denuncia política.

El altar, por su parte, no cumple un rol únicamente estético, sino que también es un espacio de conexión con nuestras ancestras que sufrieron estas prácticas: Anarcha, Betsey, Lucy y todas las mujeres negras anónimas cuyos nombres probablemente nunca conoceremos. A través de un altar que se construye en base a saberes y espiritualidades de matriz africana, podemos conectar, agradecer por su legado, honrar su memoria y alimentar su espíritu. En la religión afrocubana, los espíritus de nuestros ancestros son llamados eggun, y bajo este concepto es que se honra su memoria según la tradición yoruba sincretizada, con elementos como velas blancas, vasos de agua, frutos y cascarilla. Llamar a los espíritus es un acto de justicia reparativa; donde la historia oficial puso un número o un espéculo, nosotras ponemos un nombre, una luz y un rezo.

Instalación en interacción en el MHS, Paris, Francia, 2024, Rosa Mjejé.

El proyecto ha sido concebido desde su inicio con una vocación de circulación internacional. Existe la intención de traducir el proyecto a distintos idiomas, especialmente lenguas de América Latina y el Caribe, entendiendo la traducción no solo como una herramienta de difusión, sino como una estrategia política de acceso, escucha y restitución de las voces que conforman el archivo. Traducir a nuestras propias lenguas es descolonizar el saber y devolver la palabra a los territorios.

178 años y 23 minutos se posiciona contra la espectacularización del dolor y no busca hablar por las mujeres, sino construir un archivo colectivo que respete la autonomía de cada voz. Inscrito en una genealogía de feminismos negros, antirracistas y decoloniales, el proyecto entiende el cuerpo como territorio de memoria, resistencia y transformación, y propone el arte como una herramienta de investigación, denuncia y acción colectiva frente a las violencias que persisten en el presente. No somos solo el eco de Anarcha, somos la voz que ella no pudo alzar, tejida en un archivo que se niega a ser olvidado.

Detalle de Instalación en el MHS, Paris, Francia, 2024, Rosa Mjejé.

 

Yaré Colán. WebBio MMM.