Mónica Mayer: “El arte tiene que ser lo que nosotras necesitamos que sea”



Montaña Hurtado MIRANDO a Mónica Mayer


 

Mónica Mayer (México, 1954) es una de las pioneras del arte feminista y la performance en México y Latinoamérica y una de las artistas que forman parte de la exposición colectiva “Radical Women: Latin America Art 1960 – 1985” que presentó a finales de 2017 en el Hammer Museum de Los Ángeles. Se formó en Estados Unidos a finales de los años setenta en el Women’s Building y en el Feminist Studio Workshop y a lo largo de su trayectoria ha tratado de luchar contra la violencia machista visibilizando situaciones de acoso sexual con su proyecto “El tendedero”, pero también generar debate en torno a temas como la maternidad o las relaciones de pareja.

Junto a la también artista Maris Bustamante creó en 1980 “Polvo de gallina negra”, el primer colectivo de arte feminista en México que estuvo en activo hasta 1989. Su manera de entender del arte se aleja de la idea de artista genio y le ha llevado a abrir sus trabajos al diálogo y la participación en la comunidad, o a desarrollar acciones en torno a archivos y centros de documentación de su país que permitieran generar una reflexión en torno a temas como el arte, el archivo, el activismo o el feminismo.

En algunos de sus proyectos ha llegado a utilizar medios como las redes sociales o la televisión, de gran impacto cuando se trata de arte de contenido político o feminista. Desde el año 1990 forma junto a Víctor Lerma el proyecto “Pinto mi raya” cuyo eje central es un archivo especializado en artes visuales en el contexto mexicano.

© Mónica Mayer | Montaña Hurtado | Entrevistas | Mujeres Mirando Mujeres. MMM18

El Tendedero (The Clothesline), Mónica Mayer, 1978, foto Víctor Lerma

Desde que empezaste a interesarte por el mundo del arte te diste cuenta de que tu trabajo no sería valorado correctamente por ser mujer y empiezas a interesarte por él movimiento feminista. Esto te llevó a viajar a Estados Unidos para formarte en el Women’s Building y en el Feminist Studio Workshop. ¿Cómo valoras esta experiencia y de qué manera marcó tu trayectoria posterior? ¿Qué tipo de proyectos realizaste junto a tus compañeras de estos programas?

Primero asistí a un taller de 2 semanas en el Woman´s Building en el que Judy Chicago impartió un módulo y después regresé a Los Ángeles en 1978 al Feminist Studio Workshop (FSW), el curso de 2 años que ofrecían. A la vez cursé la maestría en sociología del arte en Goddard College y mi asesora fue Suzanne Lacy. Tomé talleres con ella en el Woman’s Building de arte público feminista y luego participé con ella y con Leslie Labowitz en algunos de sus proyectos como Making it Safe.

El FSW fue importante para mí para entender lo que era la educación de arte feminista y para empezar a trabajar con mi propia experiencia como material para mi obra. Trabajar con Lacy significó entender y practicar lo que hoy definimos como práctica social que es básico para mi trabajo.

Una gran experiencia con mis compañeras de generación del FSW fue impartir un curso de verano de arte feminista. Yo di un taller de arte político. Fue una buena oportunidad para poner en práctica las ideas de arte feminista y por el proceso del trabajo colectivo entre las facilitadoras, al que aplicábamos ideas y prácticas feministas como el pequeño grupo de concienciación.

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Traducciones: un diálogo Internacional de Mujeres Artistas, Mónica Mayer,
1980

Al volver a México uno de tus primeros proyectos fue “Traducciones: un diálogo internacional de mujeres artistas” en el que invitaste a varias compañeras estadounidenses a dar conferencias y talleres sobre arte feminista. ¿Sirvió este proyecto para afianzar este movimiento en México?

De hecho, Traducciones fue mi proyecto final en el FSW y parte de mi tesis de maestría. Quería empezar a construir un puente entre el movimiento de arte feminista que ya existía en México y en el que habíamos organizado eventos, talleres y exposiciones y mis compañeras de Los Ángeles. Invité a Denise Yarfitz, Jo Goodwin y Florence Rosen, 3 artistas a ir a México a impartir talleres y conferencias sobre arte feminista de EU, así como a conocer el trabajo de mis colegas mexicanas.

Después regresamos a California a dar conferencias sobre el proyecto y las artistas mexicanas. Supongo que sirvió para afianzar el movimiento en México porque fue un proyecto ambicioso en el que participaron muchas artistas y feministas mexicanas. El equipo organizador en México era sensacional e incluyó, entre otras a: Ana Victoria Jiménez, Magali Lara, Yolanda Andrade, Yan Castro, Mónica Kubli, Lilia Lucido de Mayer y Marcela Olabarrieta. Pero tanto el movimiento feminista como el de arte feminista en México ya estaban bien encaminados.

Quizá mi proyecto sirvió como preámbulo para lo que yo llamo el “boom” de los grupos de arte feminista en México en los ochentas, que contó con 3 colectivos, que en ese momento era muchísimo. Sin embargo, Traducciones les sirvió a las artistas feministas estadounidense para conocer otras realidades ya que en general no tienen idea de los feminismos de otras regiones. Jo Goodwin regresó e hizo una serie de obras gráficas muy interesantes contraponiendo las experiencias de las mujeres, las lesbianas y las artistas feministas en ambos países.

En tu trabajo buscas plantear preguntas más que decir verdades absolutas y tratas siempre de entablar diálogo, cuestionando la idea tradicional de “creador o artista” y centrándote más en los procesos, a través de diferentes prácticas como collages, obra gráfica, performances, pero también archivos, y conferencias ¿de dónde viene esta forma de entender el arte?

De muchos lugares. De joven leí abundantemente sobre educación, arte y feminismo, entre otras cosas. Me influenciaron autores como Paulo Freire, John Berger, Ursula Meyer y Germaine Greer. Así mismo, el peruano Juan Acha fue uno de mis maestros de teoría en la escuela de arte y me enseñó a entender al arte como un sistema.

Otra gran influencia en mis tiempos de estudiante fue Kati Horna, con quién tomé clases de fotografía que me enseñó algo tan fundamental como ver la luz, pero también me permitió ver una calidad humana a la que siempre he aspirado. Y, naturalmente, todo lo que hago tiene ecos del feminismo, el leído, pero principalmente el practicado. Trabajando con Lacy recuerdo muy claramente la idea de que el arte tiene que ser lo que nosotras necesitamos que sea. Por eso siempre me he sentido con libertad de desdibujar los límites entre arte, educación y política, así como de favorecer el proceso más que el objeto terminado y el trabajo colectivo más que la idea de genio.

Desde entonces también me quedó claro que el activismo feminista en el arte nos presenta el reto de cambiar las narrativas del pasado que nos han invisibilizado, actuar en el presente para alterar las estructuras de poder y hacia el futuro, produciendo materiales que permitan hacer una historia más completa de nuestro presente y creando vínculos con las nuevas generaciones de artistas feministas.

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Performance parásito, Mónica Mayer, 2008

Esta visión del arte está muy bien reflejada en la exposición que realizaste en 2016 en el MUAC de la Universidad Autónoma de México, a la que llamaste “Si tiene dudas, pregunte” y que calificaste como “retrocolectiva” antes que retrospectiva. ¿Cómo se gestó esta exposición y cómo pudisteis condensar en ella las diferentes disciplinas en las que trabajas?

La curadora de la exposición fue Karen Cordero. Nos conocemos desde principios de los ochenta, cuando participó en un taller de arte feminista que impartí y del cual surgió el colectivo Tlacuilas y retrateras. A lo largo de los años hemos colaborado en diversos proyectos. Desde hacía tiempo veníamos platicando de la idea de hacer la exposición y me entusiasmaba trabajar con ella porque además de su importante labor como académica y teórica, ha desarrollado planteamientos sobre lo que implica una curaduría, una museografía y la estructura de una exposición feminista. Por ejemplo, la idea de subrayar el trabajo colectivo, los procesos y el contexto en contraposición a la idea habitual del artista genio y el objeto precioso.

Algo que me parece importante mencionar es que para Cordero y para mí, una exposición no es un fin, sino un medio para seguir generando discusiones sobre arte y el feminismo y por eso la exposición duró 6 meses, durante los cuales hubo una enorme cantidad de actividades educativas, políticas y artísticas.

Ahora bien, el término “retrocolectiva” lo acuñó la historiadora feminista argentina María Laura Rosa cuando le platiqué que estábamos empezando a organizar la exposición y el dilema que implica mostrar el trabajo de alguien que, como yo, ha trabajado principalmente en colaboración o de manera colectiva. Ella propuso el término como una manera de definir lo que planteábamos Cordero y yo. Nos encantó.

Tu nombre figura en exposiciones colectivas junto a otras artistas como Ana Mendieta, Anna Bella Geiger o Liliana Porter. ¿Crees que las mujeres artistas latinoamericanas estáis lo bastante reconocidas en el contexto global de arte contemporáneo? Y por otra parte, ¿está suficientemente representado el arte feminista?

No y no. En términos porcentuales las mujeres artistas seguimos siendo menos reconocidas que los varones, las latinoamericanas menos y las artistas feministas, cuando buscan estar representadas en el circuito artístico porque no a todas les interesa, aún menos.

Por eso una exposición como Radical Women: Latin American Art 1960 – 1985 que se presentó a finales del 2017 en el Museo Hammer en Los Ángeles y fue curada por Cecilia Fajardo-Hill y Andrea Giunta, es tan importante. Y sí, había obra de artistas muy reconocidas como las que mencionas, con quienes por primera vez tuve el honor de exponer, pero también trabajos de artistas como Ana Victoria Jiménez, cuyas imágenes del feminismo mexicano setentero son reconocidas en el circuito académico y feminista, pero nunca habían entrado al del arte. En ese sentido es una exposición aún más importante porque rompe con la idea tradicional que tenemos de quienes son artistas y qué es arte.

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El Tendedero LA, Mónica Mayer, 1979, foto Víctor Lerma

Uno de tus trabajos más conocidos, El Tendedero, trata sobre las violencias machistas a partir de experiencias contadas por mujeres. Lo desarrollaste por primera vez en 1979 y lo has reactivado en varias ocasiones, la última en 2016. ¿Qué diferencias destacarías entre la primera y la última vez que lo hiciste?

Quizá la principal diferencia es que en 1978 cuando hice el Tendedero en el Museo de Arte Moderno en la ciudad de México y uno de los más recientes, que fue en el National Museum of Women in the Arts en Washington, es que en los setenta no se hablaba de acoso sexual. En México no llegábamos a medio centenar de feministas y estábamos ocupadas con temas más urgentes como la liberalización del aborto y la lucha en contra de la violación. El Tendedero del NMWA se da en el contexto de #MeToo y la avalancha internacional de denuncias en contra del acoso. El primer Tendedero empieza a visibilizar el acoso sexual y el segundo muestra cuántos años llevamos hablando del tema.

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Proyecto ¡MADRES!, performance durante manifestación, Polvo de Gallina
Negra (Maris Bustamante y Mónica Mayer), 1991

En el año 1980 formaste el colectivo Polvo de Gallina Negra, que toma su nombre de un remedio para el mal de ojo, junto a la artista Maris Bustamante. Una de vuestras acciones se desarrolló en directo en un programa de televisión. ¿En qué consistió y por qué elegísteis este medio? ¿Cómo fue la aceptación de los proyectos de Polvo de Gallina Negra en el contexto artístico mexicano de la época?

Hicimos éste y otros performances en la televisión por ser un medio idóneo para el arte político. No es lo mismo que 10 personas vean un performance a los millones de personas que conformaban el público de Guillermo Ochoa. La pieza que hicimos con él era parte de un amplio proyecto llamado ¡MADRES! que constó de varios componentes, desde piezas de arte correo y performances, hasta un concurso de cartas expresándole a la madre todo lo que habían querido decirle y no se habían atrevido. Otro de estos componentes fue una acción nombrando Madre por un día a 10 hombres importantes de la comunidad para que sintieran esta que para nosotras había sido una maravillosa experiencia.

Entre otras cosas, durante la transmisión le pusimos una panza de embarazada. El programa causó tanto revuelo que 9 meses después de su transmisión alguien del público llamó para preguntarle a Ochoa si había tenido niño o niña. Usábamos el humor para desarticular los roles de género tradicionales, tan profundamente arraigados en nuestra sociedad.

Yo creo que nuestro trabajo tuvo una gran aceptación porque a pesar de que el feminismo era incipiente y las propuestas no objetuales como el performance y la práctica social no eran aceptadas, abrimos brecha. Quizá no penetramos el mercado, pero sí la historia del arte.

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Archivo Pinto mi Raya. Mónica Mayer y Víctor Lerma, 1991-2016, foto
Yuruen Lerma.

En 1989 empezaste a trabajar con el colectivo Pinto mi raya que se mantiene activo en la actualidad. ¿Qué tipo de proyectos desarrollas como parte de este colectivo? ¿De qué manera encaja dentro de tu producción individual?

Pinto mi Raya es un proyecto de largo aliento que empezamos en 1989 Víctor Lerma y yo cuyo objetivo es lubricar el sistema artístico mexicano. Por ejemplo, cuando empezábamos nos dimos cuenta que en México se publicaban pocos libros de arte contemporáneo, pero nada más en la ciudad de México había 34 periódicos, la mitad de los cuales tenían crítica de arte. Decidimos reunir este material quincenalmente y distribuirlo en bibliotecas de museos y universidades.

A lo largo de 25 años compilamos aproximadamente 40,000 textos de opinión y 300,000 noticias/entrevistas. A esta colección hemerográfica se le conoce como el Archivo de Pinto mi Raya. Pero hemos hecho diversas piezas sobre otros aspectos del sistema artístico como un proyecto que se llamó De crítico, artista y loco… en el cual invitamos a cerca de 40 crítico/as e investigadores/as de arte a presentar obra en una exposición y a artistas a escribir en sus columnas periodísticas o incluso piezas como Yo no celebro ni conmemoro guerras, que se refiere a los procesos de aprendizaje sociales y performatividad.

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Maternidades secuestradas, Mónica Mayer, en colaboración con Yuruen
Lerma Mayer y Brenda Hernández Novoa, 2012

Ya hemos visto que en tu trabajo tratas sobre la violencia machista, o la maternidad, que apareció además en el proyecto titulado “Maternidades secuestradas”. También en otro de tus proyectos, dentro del colectivo Pinto mi raya, has tratado el tema del matrimonio, ¿por qué es importante tratar estos temas dentro del arte y con una visión feminista?

Hay dos cosas que yo me creí o asumí desde los setentas: que lo personal es político y que el arte y la vida son lo mismo. En este sentido, temas como la maternidad o las relaciones de pareja han estado muy presentes en mi trabajo artístico porque lo están en mi vida y los he abordado desde una visión feminista porque desde ahí procuro ver el mundo. Pero para mí, otros proyectos como el Archivo de Pinto mi Raya también parten de una visión feminista: ante los procesos de invisibilización que sufrimos como mujeres o como latinoamericanos, es fundamental crear proyectos que conserven nuestra historia, nuestra memoria. Pero creo que lo que necesitamos es abordar todos los temas desde el arte y con una visión feminista.

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La Bandera, Mónica Mayer y Víctor Lerma, 2015, fotografía Antonio Juárez

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Hay que olvidar la historia para no repetirla, Mónica Mayer, 2008, foto
Antonio Juárez.

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Lo Normal (detalle), Mónica Mayer, 1978

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