Bell Fullana. Contra el canon



Emma Trinidad MIRANDO a Bel Fullana


 

Nunca en la historia del arte ha habido tantas mujeres que desde muy distintos lenguajes y disciplinas, desde la práctica y la investigación, trabajasen por hacer de la excepción la generalidad. Nunca la “cuestión de la mujer” estuvo tan presente en el arte como lo está ahora, ni la perseverancia por visibilizar su papel en el mundo del arte. Sin embargo resultan aún minoritarios, casi invisibles, los discursos curatoriales que claramente estén planteándose desde las perspectivas de género. Incluso la presentación de las artistas más jóvenes desde esas posibilidades feministas es escasa en los espacios para el arte. Como también la revisión historiográfica de las artistas inmediatamente anteriores a la década de los 80 y 90, un campo de investigación y visibilización que en el caso del arte contemporáneo español está aún por explorar. Así, la cuestión de la mujer en el arte es tendencia y al mismo tiempo una gran losa, por lo que se tiende a rechazar el feminismo como pretexto para la práctica artística y curatorial, evitando que estas etiquetas restrinjan otras posibles lecturas –seguramente igual de limítrofes que las del feminismo.

A las no resueltas cuotas hemos de añadir la ausencia de discursos arriesgados que con valentía hablen desde el lenguaje limítrofe del género, el feminismo o las identidades disidentes de lo femenino. Estos planteamientos son pertinentes ya que, aunque sea cuestionable hablar de un arte femenino o feminista, la falta de referentes femeninos en la historia del arte ha motivado que las artistas contemporáneas busquen lenguajes propios, deconstruyendo las convenciones sobre el genio y la masculinidad.

En el caso de Bel Fullana su trabajo, principalmente pictórico, podría ser leído perfectamente desde estas perspectivas, siempre y cuando se permitan otras interesantes capas de lectura, que en su práctica son igual de transgresoras. Su propuesta es una ruptura del canon artístico tradicional a través de imágenes incómodas y autorreferenciales, mediante las cuales viene construyendo identidad y lenguaje artístico propio.

© Bel Fullana | Emma Trinidad | Mujeres Mirando Mujeres | MMM17

Blanca Nieves (Serie Malditos Cuentos), 2013. Impresión fotográfica, acrílico, lápiz y collage sobre papel. 29’7 x 21 cm.

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Perrea! Perrea!, (Serie White Nights), 2012. Óleo y bolígrafo sobre papel. 42 x 29’7 cm.

La primera vez que vi el trabajo de Bel Fullana fue en el 2013 en la sede madrileña de la galería L21 con la exposición Malditos cuentos, una serie de dibujos donde mostraba sin tapujos el lado menos inocente del imaginario infantil y adolescente. Nos hacía ver que tras las historias de princesas y niñas que visitan abuelitas enfermas se esconden mensajes para nada inocentes y que de una manera u otra, a través de los procesos de identificación que establecemos con esos personajes, acaban conformando identidad, creando nuestros miedos y temores más arraigados, definiendo roles sociales. Sin embargo, las protagonistas de Malditos cuentos no son mujeres inocentes, vulnerables y manipulables como nos hacen entender en los cuentos tradicionales. Al igual que en la no menos irreverente White Nights (2012), la artista propone un empoderamiento de esas identidades vulnerables que, una vez perdida la inocencia, muestran sus instintos más primitivos, sus perversidades sexuales, aquello que solo sale a la luz en situaciones de descontrol.

Desde entonces su trabajo viene centrándose formal y conceptualmente en el universo infantil, aquello que se pervierte al llegar a la edad adulta. Para ello suele redescubrir su propio material de aprendizaje escolar tratando de recuperar la manera de hacer, el gesto del dibujo perdido y la iconografía desprejuiciada y misteriosa de los primeros años de creatividad artística. De ahí toda suerte de delirios infantiles como los bichitos en forma de pájaros, los arcoiris, los gestos garabateados y los astros con caritas sonrientes. En La luna es una lámpara que brilla y O sol é um pássaro de ouro, ambas series de 2014, parte de aspectos mucho más intimistas, quizá más suavizados, resultado de un proceso controlado de desaprendizaje.

Al tiempo, en Rosa Dulce (2016), vuelve a aprender lo desaprendido, en una instalación expositiva donde reaparecen todas esas referencias anteriores, incluidas aquellas que tienen que ver con la construcción de la identidad y la sexualidad durante la infancia y la adolescencia. En Rosa Dulce incorpora intencionadamente la performatividad al habitar literalmente el espacio expositivo, convertido en un lugar de encuentro y proceso.

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Vista general de la exposición La Luna es una lámpara que brilla. L21 Gallery, 2014.

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Vista general de la exposición Rosa Dulce. L21 Gallery, 2016.

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Vista general de la exposición Rosa Dulce. L21 Gallery, 2016.

En las últimas conversaciones que hemos mantenido confiesa encontrarse en un momento de mayor tranquilidad consigo misma. Su trabajo artístico se ve influido y suavizado por ese modo de vida, que quizá le haga expresarse de una manera más dulce. ¿Más dulce?, le pregunto. La actitud en Sex on the Beach (2016) y en las obras en las que está trabajando en este momento –desveladas tímidamente a través de su cuenta de Instagram- siguen conservando toda esa violencia, ese grito de rabia que ya reconocemos como lenguaje propio y que conforma su identidad artística. Incorporando ese universo delirante donde las niñas son sirenas y montan en poni, vuelve su mirada de nuevo hacia la superficialidad, el desenfreno, las intoxicaciones etílicas, las ganas de sexo y el exhibicionismo gratuito. Retratos de la vida nocturna de su Mallorca natal –o de cualquier otro lugar- con escenas reales que la artista narra desde la experiencia vital.

Si pensara en un comisariado con Bel Fullana le diría Bel, saca toda tu mala hostia. Seamos observadoras e intérpretes de esa realidad bizarra en la que nos vemos envueltas y que poco gusta ser escuchada. Hablemos a través de tus dibujos y pinturas de la violencia simbólica disfrazada de noches de descontrol etílico y donde todo vale. Hablemos de una realidad incómoda donde el cuerpo femenino es sometido a situaciones de violencia. Hablemos de las relaciones de poder que se establecen casi siempre en condiciones que son denigrantes para la mujer.

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Orgasmus (Serie Sex on the Beach), 2016. Spray y acrílico sobre papel. 90 x 70 cm.

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Sex on the Beach (Serie Sex on the Beach), 2016. Óleo, spray y carboncillo sobre papel. 90 x 70 cm.

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Tequila Sunrise (Serie Sex on the Beach), 2016. Óleo, acrílico, spray y lápiz sobre papel. 90 x 70 cm.

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Te quiero mucho, matar. 2016. Óleo, acrílico y carboncillo sobre lienzo enmarcado. 164 x 132 cm.

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Tarzana, 2016. Óleo, acrílico y spray sobre lienzo. 162 x 130 cm.

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